¿Qué significa ser informal en el Perú? Realidades y consecuencias para trabajadores y empresarios

Qué significa ser informal en el Perú

La informalidad no es solo una palabra que se repite en los discursos políticos o en los informes del INEI. Es una realidad que atraviesa de forma transversal a millones de personas en el Perú. A menudo se la asocia con los ambulantes o pequeños negocios familiares, pero sus implicancias son mucho más profundas y estructurales. Afecta cómo vivimos, trabajamos y nos proyectamos hacia el futuro como país.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), alrededor del 70% de la población económicamente activa trabaja en condiciones informales. Esta cifra, lejos de ser solo un número frío, refleja una forma de vida sin contratos, sin derechos laborales, sin acceso a pensiones, sin estabilidad. Pero también muestra una creatividad inagotable, un esfuerzo cotidiano y una capacidad de supervivencia frente a la ausencia del Estado.

¿Qué entendemos realmente por informalidad laboral?

Ser informal en el Perú no equivale únicamente a vender sin boleta o a no pagar impuestos. La informalidad se define por la ausencia de un vínculo legal entre el trabajador y el empleador, o entre el productor y el sistema tributario del Estado. Esto incluye desde el obrero que trabaja sin planilla hasta el técnico independiente que nunca ha emitido una factura.

Una empresa informal, por ejemplo, puede tener local propio, maquinaria y decenas de trabajadores, pero si no los registra ni cumple con la legislación laboral, sigue siendo parte de la economía informal.

Elementos clave que caracterizan la informalidad

Característica¿Qué implica en la práctica?
Falta de contrato laboralEl trabajador no tiene seguridad jurídica, ni acceso a beneficios sociales.
Ausencia de contribucionesNo hay aportes a pensiones ni a ESSALUD.
Inexistencia de registros contablesNo se lleva contabilidad formal, lo que impide acceder a financiamiento.
No emisión de comprobantesNo se entregan boletas o facturas, lo que limita las transacciones formales.
Desconocimiento o evasión legalNo se cumple con normas de salubridad, seguridad o derechos del consumidor.

¿Por qué tantos trabajadores optan por la informalidad?

Aquí no se trata solo de una elección individual. La informalidad está fuertemente ligada a la estructura del mercado laboral peruano, a la baja calidad del empleo formal disponible, y a la debilidad de las instituciones. Para muchos, la única alternativa es la informalidad.

¿Quién va a rechazar un ingreso diario, aunque sea sin contrato, si tiene que llevar comida a la casa? La informalidad no siempre es una opción voluntaria, sino muchas veces una imposición de la necesidad.

También hay que decirlo con claridad: el costo de la formalidad en el Perú es alto. Los trámites son lentos, engorrosos, y muchas veces incoherentes. Según el informe “Doing Business” del Banco Mundial, el Perú aún se encuentra rezagado en lo que respecta a apertura de negocios y cumplimiento tributario, lo que desincentiva a pequeños emprendedores a formalizarse.

Consecuencias para el trabajador

Quienes trabajan en la informalidad suelen vivir en una cuerda floja. Sin derechos laborales, están más expuestos a despidos arbitrarios, abusos, accidentes de trabajo sin cobertura, y envejecen sin una pensión asegurada.

Ninguna CTS, ningún seguro, ninguna licencia por maternidad o enfermedad.

A eso se suma que muchos trabajadores informales tienen ingresos irregulares e impredecibles. Hoy ganan algo, mañana no se sabe. Este tipo de inestabilidad financiera les impide acceder a créditos bancarios, alquilar un departamento con contrato formal o planificar su futuro.

Consecuencias para los empresarios informales

Aunque muchos creen que evadir impuestos o trámites es una ventaja, operar al margen del sistema también tiene consecuencias para los pequeños empresarios.

No pueden acceder a créditos bancarios, a licitaciones del Estado ni a programas de capacitación o compras públicas. Tampoco pueden importar legalmente maquinaria, exportar productos o asociarse con empresas grandes.

Además, viven con el miedo constante de ser multados, desalojados o perseguidos por SUNAFIL, la municipalidad o la SUNAT. Esa incertidumbre frena cualquier posibilidad de crecimiento sostenible.

¿Por qué no se reduce la informalidad a pesar de tantos planes?

El Estado ha intentado impulsar la formalización desde varios frentes: simplificación tributaria, programas como “Tu empresa” del Ministerio de la Producción, y beneficios para microempresas formales. Aun así, el impacto ha sido limitado.

Parte del problema es que las políticas de formalización no responden a la realidad cotidiana de los informales. Muchos de estos trabajadores no tienen tiempo para entender qué es el RUS o cómo presentar una declaración mensual a SUNAT.

Por ejemplo, si una señora vende emoliente en una esquina y gana 25 soles diarios, formalizarse no es una prioridad: lo es pagar el alquiler o comprar alimentos. La formalidad tiene que hacerse más cercana, más útil, más comprensible.

Informalidad urbana vs. rural

No todas las informalidades son iguales. En las zonas urbanas, la mayoría de trabajadores informales están en comercio, transporte y servicios. Mientras tanto, en las zonas rurales la informalidad se cruza con el trabajo agrícola, donde más del 90% de los trabajadores operan sin contrato ni acceso a ningún sistema de protección social.

La informalidad rural también está marcada por la lejanía geográfica, la falta de infraestructura y el escaso acceso a información. No es lo mismo ser informal en Lima que en un caserío de Cajamarca.

¿Es posible crecer en la informalidad?

Algunos sí lo logran, al menos durante un tiempo. Existen negocios informales que venden miles de soles al mes, que contratan personal y hasta compran vehículos. Pero tarde o temprano, la falta de formalidad se convierte en un techo que impide escalar.

Además, muchas veces esos ingresos no se reflejan en una mejora de calidad de vida, porque no hay acceso al sistema financiero, ni estabilidad jurídica. Es como correr en una rueda de hámster: mucho esfuerzo, poco avance real.

¿Qué están haciendo otros países?

Mirar el ejemplo de países vecinos puede dar luces. En Colombia, por ejemplo, se ha implementado un sistema simplificado de seguridad social para trabajadores por cuenta propia. En México, existen plataformas digitales para microempresarios que permiten declarar impuestos de forma casi automática.

En ambos casos, el enfoque ha sido facilitar la vida del informal, en lugar de perseguirlo.

El Perú podría mirar en esa dirección. Hacer que la formalidad sea más sencilla, más accesible, menos costosa. Y sobre todo, que represente un beneficio tangible para quien da el paso.

¿Qué se puede hacer desde el Estado y desde la ciudadanía?

No hay una solución mágica, pero sí hay caminos posibles. Desde el Estado, urge una reforma profunda del sistema tributario para microempresas, así como campañas de educación financiera masiva y constante. También se necesita reforzar la presencia territorial de las instituciones, especialmente en zonas rurales.

Desde la ciudadanía, se puede comenzar por exigir boletas, valorar el trabajo formal y apoyar a quienes sí cumplen con sus obligaciones.

¿Te has puesto a pensar cuántos de los servicios que contratas están en la informalidad? ¿Cuántas veces has preferido no pedir boleta para “ahorrarte” unos soles? Cada una de esas decisiones también influye en este panorama.

Un país que normaliza la informalidad se condena a vivir en la improvisación

El Perú ha hecho de la informalidad una forma habitual de sobrevivir, pero no puede ser su modelo de desarrollo. Para romper el círculo vicioso, hace falta voluntad política, comprensión de la realidad social y soluciones prácticas, no solo normas escritas desde un escritorio en Lima.

Por Pedro Zavala Infante

Periodista peruano con 15 años dedicados al periodismo de investigación, noticias locales, temas de actualidad y tecnología. Mi hobbie es viajar por todo el Perú con mi perro Frodo como único compañero.

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